martes, febrero 21, 2012

Huir de la casa


El lugar más confortable en el mundo es la casa paterna, hasta que descubrimos la casa de la novia. O hasta que el mundo nos duele y se diluye la infancia. Ese día en que me llega el afán por el futuro y temor al presente no se olvida. Comienza desde los quince y perdura hasta los veinte la urgencia por buscar en que ocuparnos y llegar a ser independiente. Y tal ves no solo hasta los veinte sino para toda la vida.


Un día en el programa de televisión el "Chavo del Ocho" el niño recogió sus pertenencias en un mantel y los amarro a un extremo de un palo de escoba y se fue de la vecindad en medio de la indiferencia de sus amigos. Pensó que no hacia falta a nadie por lo que mejor se iba. Al cabo de unas horas alguien lo extraño y comenzaron a preguntarlo hasta que decidieron ir a buscarlo. Desde ese día tuve en mi cabeza la idea de salir de mi casa como herramienta para llamar la atención hasta que mi prima Claudia contó como anécdota la ves en que su papá aburrido por como lo ignoraban en la casa  armo maleta y se despidió de todos (me imagino la escena y la comparo con la del Chavito). Pobrecito -murmuro la prima- pues de don Guillermo todos en la casa se despidieron sin darle mayor importancia y el alcanzó a llegar a la autopista después de un largo, largo vía crucis  con la esperanza de que la esposa (mi tía) o las hijas salieran al paso y le pidieran que no se marchara  eso no sucedió y regreso derrotado se sentó en el anden de enfrente de su casa a llorar su desdicha.
Por obvias razones esa historia me obligó sacar la fuga de mis planes, además fui testigo de como uno de mis primos se escapó de la casa, y testigo del comentario de mi tío a su esposa angustiada -tranquila mija que regresa cuando tenga hambre-. Tal vez no sobra decir que eso fue lo que sucedió. Tengo muy presente esa escena pues se me enreda en la cabeza con la del hijo prodigo de la Biblia.

Hoy me pregunto ¿cuantas veces se le puede ocurrir a una persona escaparse de la casa? Me gustaría saberlo. Se que después de los treinta uno puede tener esa tentación en momentos de histeria, de cantaletas extenuantes o soledad profunda cuando estás solo o no hay alguien que entienda de lo que hablas.

Hace unos años un tío de una ex-novia abandono trabajo y familia en Medellín. Se vino a Bogotá con lo que tenía puesto y al año ya trabajaba en un lavadero de carros y a los cinco tenía casa nueva. Nunca le puede entender, hasta el día de hoy pues no se puede decir que fuera por otra mujer o tuvieran problemas de pareja.

Mientras escribo estas líneas,  con el peso de la adultez obsoleta y una  pequeña casa invadida por desconocidos. Con los pies fríos y la puerta de la nevera llena de cuentas que solo yo voy pagar me permito darme a la fuga, saltar por el balcón de mi apartamento que queda en un segundo piso y atravesar el parque y las calles para olvidar mi identidad desatando los nudos que me estampillan dentro del este mundo de buen samaritano pagador de impuestos y cordero sin méritos ante los premios Nobel y el vaticano.

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